Otra vez se ofendió. Otra vez se entristeció. Otra vez me culpó.
Cuando algo me lastima me siento confundido. No sé cómo sentirme. A veces me parecen cosas insignificantes. Me siento mal de sentirme mal. Reniego de mis emociones, de mis reacciones o no-reacciones.
Siempre intento ser claro. Acumulo palabras. Siempre listas para clarificar. Trato de hacerme entender. Es la desesperación de verme mendigando empatía. Hablo de situaciones análogas. Contextos que espero sean familiares a quien tengo en frente. Pero siempre es lo mismo. Ahora siento que ni yo sé lo que sucede dentro de mi. La mayoría de las veces no hay tristeza, solo vacío. Como las húmedas cenizas de una alegría extinta, o como barro tal vez. Ahí se desencadena la rabia. la ira, la frustración de sentirme morir cuando aún estoy vivo y a tiempo de sonreir.
¿Olvidar? Claro. Olvidar... Olvidar que suceden cosas. Olvidar que están encerrados en un monólogo infinito que no hace más que rebobinar como si entre 20 millones fuera uno de ellos a guardar un negativo como el mío. No importa cuanto sufrimiento haya en sus memorias. Siempre es mucho. Siempre es muy poco.
La mayoría de las veces no busco equivalencias, solo que me ayuden a olvidar. A olvidar en compañía. Que señalen una ruta o me acompañen a ningún lado para poder verlo todo y sonreir... Porque todo es bonito... Interesante y divertido.
A veces quisiera volver atrás... Volver a escucharlos... Conversar... Entre humo y música, reir y cantar... Cerrar los ojos y flotar.
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